4 de septiembre de 2012

Capítulo 1 - Búsqueda

Me desperté. Nada más levantarme me pregunté si todo lo vivido había sido un sueño, si aquella chica existía de verdad, si esos ojos verdes que no decían nada y a la vez decían todo volverían a camelarme. Estaba confuso. Aquella había sido una experiencia inolvidable, tan inolvidable que hasta dudaba de su veracidad. Real o no, aquella expresión neutra y aquellos ojos me perseguían donde fuese. No podía quitármela de la cabeza. ¿Me estaría enamorando? Mil preguntas me asediaban, pero sólo un pensamiento alcanzaba mi mente. Encontrarla.
Tomé el desayuno. Ella seguía en mi mente. Jamás lograría quitármela de la cabeza hasta hablar con ella, preguntarle quién es, qué es lo que siente... y descubrir si realmente estoy enamorado de ella. El misterio que la envolvía era lo más atrayente. Decidido, salí a buscarla. Pero... ¿por dónde empezar?
Nada más llegar a la calle no sabía qué hacer. Qué estupidez, pero si ni siquiera sé si es real. Y así comencé a vagar por las aceras, con un único pensamiento rondándome la cabeza. Ella. Tras horas de búsqueda, ni rastro. Y así durante cinco días.
El insomnio me estaba volviendo loco, al igual que su recuerdo en mi mente. Pasadas unas semanas, desistí.
Rendirme, algo que nunca había hecho. No dormía por las noches, y los días eran largos y tediosos. Estaba claro, estaba sumiéndome en una profunda depresión. Pero a pesar de haberme rendido, ella seguía en mi mente. No la había vuelto a ver. Ni siquiera en sueños.
Pasadas unas semanas, volví a salir de casa. Recorrí todas las calles de los alrededores. Ella no estaba. Cada vez estaba más convencido de que era una invención de mi mente. Pero seguía sin poder olvidarla. ¿Para qué perseguir un sueño, algo inalcanzable? Es estúpido. Así que tome la última decisión. Ella tenía que desaparecer. Y la única forma de hacerlo era que yo lo hiciese con ella.
 Sin darme cuenta, había llegado a la playa, concretamente al rocoso acantilado de uno de los extremos. No hay un mejor paisaje para mi pésimo final. La miré por última vez - ella seguía anclada a mis pensamientos- y me dispuse a dar mi último paso. Pensé también en todas las personas a las que quería y apreciaba, disculpándome por lo que estaba a punto de hacer. Tomé aire, cerré los ojos y di mi último paso. Pero algo me impidió caer. Mejor dicho, alguien.

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