11 de febrero de 2012

Un infierno purificador


De sus venas salía el impulso de quemarlo todo. Observaba horas y horas la chimenea, sintiendo como su alma se volvía limpia mientras el fuego consumía la madera. El fuego purificador. Incluso podía pasar días sin comer impertérrito ante el fuego. Los troncos se consumían poco a poco. La llama se avivaba más y más, y cuanto más lo hacía, más vivo se sentía.
Todos decían que estaba loco, que era un pirómano de mierda. Pero no lo entendían. Él nunca había quemado nada. Cierto que, a cada rato, sentía el impulso de hacerlo, pero se contenía. Estoy totalmente cuerdo.
-Tienes que salir de casa. Estás loco. No te educamos así – decían sus padres.
-De acuerdo – tenía un gran respeto por sus padres – Me buscaré un trabajo, pero sólo porque os quiero.
Tras unos cuantos días repartiendo currículos, una carta de respuesta apareció en su buzón. Era de una empresa farmacéutica – él había estudiado esa carrera, y aprobado con buena nota – Requerían sus servicios para ser ayudante de laboratorio. Le pagarían bastante bien al mes. Aceptó la oportunidad.
En su trabajo le iba muy bien. Era lo que siempre quiso hacer, pero el momento de su vida en el que se tornó un “pirado” del fuego le había hecho olvidar todo. Pero ahora se sentía diferente. El fuego ya no estaba en su interior, y era feliz trabajando. Su perseverancia le hizo ascender, y ahora ya no era un simple ayudante. Trabajaba codo con codo con el profesor encargado de las pruebas en el laboratorio. Su opinión ahora contaba, y él podía realizar los experimentos por sí sólo. De vez en cuando, se paraba a contemplar las pequeñas llamas que encendían los camping-gas que su laboratorio usaba para calentar los compuestos.
Pero un día todo cambió. Se levantó, desayunó, se vistió y se encaminó a su puesto, feliz, como siempre. Pero cuando llegó allí, se asustó y se maravilló a la vez: una enorme columna ígnea se levantaba ante él, justo donde estaba el laboratorio donde trabajaba. Se quedó impertérrito, observando la gran destrucción que el fuego estaba causando. Nada hizo por evitar que el edificio se redujera a cenizas. Ni una llamada a los bomberos. Ni un aviso. Se quedó allí, viendo aquella maravilla de la naturaleza. Cuando los vecinos, alarmados por el humo, llegaron allí, poco o nada se podía hacer. Casi todo el edificio estaba sumido por las llamas. Pronto se caería. Llegaron los bomberos. Pero nada se pudo hacer. Ni un superviviente.
Los días pasaban y los rumores aumentaban. ¿Por qué aquel hombre no hizo nada? ¿Por qué se quedó viendo? ¿Acaso provocó él el fuego? ¿Acaso quiso provocar esa masacre?
Él sabía que no. Pero los informes psicológicos que la policía le obligó a hacer sacaron a la luz que padecía sonambulismo. Como vivía muy cerca del laboratorio y no había testigos oculares de la hora en la que empezó el fuego, se consideró como una posibilidad.
Él sabía que no. Pero por las noches, soñaba todo tipo de cosas extrañas. Y cabía la posibilidad de que su impulso de quemar todo saliera a la luz.
Él sabía que no. Yo sé que no. Pero ahora sí que lo sabré.
Y cogió sus cerillas. Prendió la alfombra. Observó las llamas. El fuego purificador. Las llamas se avivaban, su espíritu se elevaba, se sentía más vivo. La habitación se había convertido en un infierno. Cuando no había más material inerte que quemar, las llamas alcanzaron su pierna. Lanzó un alarido de dolor. Se consumía, y no podía hacer nada por evitarlo. El fuego no purificaba, el fuego dolía. Y ahora se iba a ir al infierno. Entonces, por la ventana apareció su salvación: un hombre con casco y traje ignífugo.
Los bomberos llegaron rápido a la casa. Aparcaron el camión y empezaron a echar agua. Un hombre se aventuró a mirar por todas las ventanas en busca de una víctima. Cuando llegó a lo que parecía el salón, el panorama se le antojó desolador. Un hombre se consumía entre las llamas. Estaba desesperado. Se acercó a él implorando salvación. Pero el bombero sabía que no podía hacer nada. El fuego ya había penetrado en el cuerpo, y en pocos minutos se quedaría reducido a cenizas. Esa habitación se había convertido en un crematorio. Con un gesto de pena, bajó de la escalera y dejó al pobre hombre morirse en su infierno. No podía hacer nada.

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