De sus venas salía el impulso de quemarlo todo. Observaba
horas y horas la chimenea, sintiendo como su alma se volvía limpia mientras el
fuego consumía la madera. El fuego
purificador. Incluso podía pasar días sin comer impertérrito ante el fuego.
Los troncos se consumían poco a poco. La llama se avivaba más y más, y cuanto
más lo hacía, más vivo se sentía.
Todos decían que estaba loco, que era un pirómano de mierda.
Pero no lo entendían. Él nunca había quemado nada. Cierto que, a cada rato,
sentía el impulso de hacerlo, pero se contenía. Estoy totalmente cuerdo.
-Tienes que salir de casa. Estás loco. No te educamos así –
decían sus padres.
-De acuerdo – tenía un gran respeto por sus padres – Me
buscaré un trabajo, pero sólo porque os quiero.
Tras unos cuantos días repartiendo currículos, una carta de
respuesta apareció en su buzón. Era de una empresa farmacéutica – él había
estudiado esa carrera, y aprobado con buena nota – Requerían sus servicios para
ser ayudante de laboratorio. Le pagarían bastante bien al mes. Aceptó la
oportunidad.
En su trabajo le iba muy bien. Era lo que siempre quiso
hacer, pero el momento de su vida en el que se tornó un “pirado” del fuego le
había hecho olvidar todo. Pero ahora se sentía diferente. El fuego ya no estaba
en su interior, y era feliz trabajando. Su perseverancia le hizo ascender, y
ahora ya no era un simple ayudante. Trabajaba codo con codo con el profesor
encargado de las pruebas en el laboratorio. Su opinión ahora contaba, y él
podía realizar los experimentos por sí sólo. De vez en cuando, se paraba a
contemplar las pequeñas llamas que encendían los camping-gas que su laboratorio
usaba para calentar los compuestos.
Pero un día todo cambió. Se levantó, desayunó, se vistió y
se encaminó a su puesto, feliz, como siempre. Pero cuando llegó allí, se asustó
y se maravilló a la vez: una enorme columna ígnea se levantaba ante él, justo
donde estaba el laboratorio donde trabajaba. Se quedó impertérrito, observando
la gran destrucción que el fuego estaba causando. Nada hizo por evitar que el
edificio se redujera a cenizas. Ni una llamada a los bomberos. Ni un aviso. Se
quedó allí, viendo aquella maravilla de la naturaleza. Cuando los vecinos,
alarmados por el humo, llegaron allí, poco o nada se podía hacer. Casi todo el
edificio estaba sumido por las llamas. Pronto se caería. Llegaron los bomberos.
Pero nada se pudo hacer. Ni un superviviente.
Los días pasaban y los rumores aumentaban. ¿Por qué aquel
hombre no hizo nada? ¿Por qué se quedó viendo? ¿Acaso provocó él el fuego?
¿Acaso quiso provocar esa masacre?
Él sabía que no. Pero los informes psicológicos que la
policía le obligó a hacer sacaron a la luz que padecía sonambulismo. Como vivía
muy cerca del laboratorio y no había testigos oculares de la hora en la que
empezó el fuego, se consideró como una posibilidad.
Él sabía que no. Pero por las noches, soñaba todo tipo de
cosas extrañas. Y cabía la posibilidad de que su impulso de quemar todo saliera
a la luz.
Él sabía que no. Yo sé
que no. Pero ahora sí que lo sabré.
Y cogió sus cerillas. Prendió la alfombra. Observó las
llamas. El fuego purificador. Las
llamas se avivaban, su espíritu se elevaba, se sentía más vivo. La habitación
se había convertido en un infierno. Cuando no había más material inerte que
quemar, las llamas alcanzaron su pierna. Lanzó un alarido de dolor. Se
consumía, y no podía hacer nada por evitarlo. El fuego no purificaba, el fuego
dolía. Y ahora se iba a ir al infierno. Entonces, por la ventana apareció su
salvación: un hombre con casco y traje ignífugo.
Los bomberos llegaron rápido a la casa. Aparcaron el camión
y empezaron a echar agua. Un hombre se aventuró a mirar por todas las ventanas en
busca de una víctima. Cuando llegó a lo que parecía el salón, el panorama se le
antojó desolador. Un hombre se consumía entre las llamas. Estaba desesperado.
Se acercó a él implorando salvación. Pero el bombero sabía que no podía hacer
nada. El fuego ya había penetrado en el cuerpo, y en pocos minutos se quedaría
reducido a cenizas. Esa habitación se había convertido en un crematorio. Con un
gesto de pena, bajó de la escalera y dejó al pobre hombre morirse en su
infierno. No podía hacer nada.







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