Cuando la ambición llega a límites insospechados son también insospechados los sentimientos de la persona ambiciosa. Y todo puede acabar en un desastre.
Años atrás su mundo se le había desmoronado. Perdió a la poca familia que le quedaba y se fue distanciando de sus amigos. La soledad lo había invadido. Se sumió en una terrible depresión de la que tardó en salir años. Y vio la luz. Conoció a una preciosa mujer que le hizo volver a creer que la vida puede ser alegre, y al fin pudo ver una sonrisa en su cara.
Se casaron y se fueron a vivir en la casa de ella. Pero él se quedaba tirado en el sofá, abúlico y apático, sin nada que hacer. Parecía que la euforia inicial del matrimonio se había desvanecido y no le quedaban ganas de hacer nada en absoluto. Y su mujer se hartó. Dejó su trabajo y para darle una lección a su marido. Ella era del tipo de persona que no se rinde hasta que obtiene lo que quiere.
Unos meses después, se hallaban casi en la ruina. Ella no paraba de decirle a su esposo que se buscara un trabajo porque ella no lo encontraba. No. Esa era su respuesta. Tajante y seco. Nunca dio una razón convincente para no tener un empleo. Parecía que tenía miedo de algo. Y ella seguía erre que erre.
La situación empeoró en poco tiempo. Órdenes der embargo llenaban el buzón, los víveres escaseaban en la nevera y sus condiciones de vida eran muy insalubres. Y ella seguía, titánica, intentando que su esposo buscara trabajo. No dio su brazo a torcer. Cada día le recordaba que su búsqueda de empleo era infructuosa, que así no podrían vivir y que el tenía que ponerse también a buscar. No. Siempre no. ¿Por qué? ¿Qué temía?
Ignorando las cartas del banco, siguieron viviendo a duras penas. Ella, mientras "buscaba trabajo", se dedicaba a robar comida para intentar sobrevivir. Pero no todo dura para siempre.
Ella, de constitución más bien débil, sucumbió a la anemia. Fue ingresada de urgencia, y él la acompañó todo el rato. No quería perderla. Ahora veía que los últimos meses habían sido un error.
¿Por qué? La he dejado sola. Yo me dedicaba a hacer el vago mientras ella intentaba volver a traer la estabilidad económica a casa. Y eso le ha costado la salud. Y aún por encima, ella tampoco tiene familia, como yo. Decidido. He de buscarme un empleo.
Al día siguiente, currículum en mano, se dirigía hacia la oficina del paro. Cualquier trabajo le valía. Sólo necesitaba un poco de dinero para ir costeando el tratamiento de su esposa. La ansiedad se apoderó rápidamente de él. No encontraba nada, y su mujer se estaba muriendo en una cama. Cuando al fin, le llegó una carta. En ella venía escrito que el currículum que había enviado era interesante para las ambiciones de su empresa. Le contratarían tras pasar una entrevista personal. Su rostro se llenó de felicidad tras firmar el contrato. Al día siguiente, se fue contento a su trabajo.
Salió de su puesto de oficinista pletórico, con unas ganas tremendas de contarle a su enferma mujer que pronto le ingresarían un adelanto de su nómina en vista de la complicada situación que atravesaban, y le podía costear un tratamiento mejor. Camino del hospital, una llamada llegó a su teléfono móvil. Malas noticias.
Al día siguiente, un hombre abatido por la tristeza acompañaba un coche fúnebre con el cadáver de su difunta esposa.
Lo había perdido todo. Otra vez. Pero la vida le había dado una lección y otra oportunidad. Y ahora se sentía preparado.