19 de diciembre de 2011

Tesoros olvidados

Se había vuelto loco. Creía ser un cazatesoros experto. Nadie le creía cuando afirmaba que los comunistas habían enterrado tesoros valiosos bajo el muro de Berlín, y que, cuando lo derrumbaron, no les dio tiempo siquiera a recogerlos. Los rusos olvidaron su tesoro, y con él, la ideología socialista. Pasado el tiempo, con los dirigentes de la antigua RDA ya muertos, el secreto se fue con ellos a la tumba.
Pero eso a él ya no le importaba. Usó sus últimos ahorros para pagarse un viaje a la antigua Berlín Este y comenzó a buscar vestigios de la separación que disgregó a millones de alemanes durante la oscura época de la Guerra Fría. Con él se fue un  amigo para evitar que hiciera aún más sandeces.

Ante él se erigía la gloriosa Puerta de Brademburgo, el símbolo de Berlín, otrora situado en la República Democrática Alemana, justo en la frontera que la separaba de la parte occidental, que EEUU, Francia y Reino Unido compartían. El muro había sido una fortaleza aparentemente inexpugnable. Constaba de una parte exterior de hormigón, rejillas de clavos, una torre de vigilancia custodiada a ras de suelo por fieros perros, un terreno arenoso ideal para el "tiro al blanco" y unos bloques de hormigón en forma de L para evitar abordajes con coches.

Ansioso, consultó los planos que había sacado de internet, de algunas páginas con teorías conspiratorias. Estos mapas describían el camino a seguir desde la Puerta de Brademburgo para llegar a los magníficos tesoros que el Muro podría albergar. Cogió la pala y comenzó a cavar. Según los mapas, estaría enterrado en las dunas que separaban la torre del último grupo de bloques de hormigón a prueba de choques automovilísticos.
El hombre continuó cavando durante varias horas. Ya había hecho más de 10 hoyos sin ningún resultado. Llegó a la extenuación. Entonces, su amigo se ofreció a cavar por él. Aceptó y se alejó para beber agua.
Mientras el demente "cazatesoros" se reponía tras su extenuante esfuerzo, su mejor amigo estaba intentando terminar su trabajo. Cuando se dio cuenta de que había topado con algo metálico. Comenzó a cavar con más y más fuerza, creyendo por fin en la leyenda del tesoro. Tan rápido y tan fuerte, que volvió a golpear lo metálico. Acto seguido explotó. Sus manos se habían separado de su cuerpo. Sus brazos estaban chamuscados, su cuerpo entero sufría quemaduras de tercer grado. Su loco amigo se acercó. Pero antes de atender a su compañero, percibió algo. Brillaba. No podía ser. La explosión lo había sacado a la superficie. Ignorando los gritos desconsolados del herido que tenía a escasos centímetros, cogió la pala y terminó de extraerlo.
Se fue de Alemania en el mismo avión que el cadáver del amigo que él mismo había dejado morir delante de la Puerta de Brademburgo en aquella oscura noche.
Un mes después, vendió el cofre de monedas de oro por el que le dieron una ingente cantidad de dinero. Su vida se volvió mejor. Pero por la noche era diferente. El insomnio provocado por los remordimientos de su acción le amargaba las noches. El espíritu de su fallecido amigo del alma lo perseguía cada noche haciendo más y más complicada su vida.
Un tiempo después, se encontró su cadáver con una bala alojada en la sien y una pistola en la mano. Ahora era realmente feliz.

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