22 de diciembre de 2011

Sobre los bazares chinos

Sí, os hablo de esas tiendas que te puedes encontrar cada 100 metros en cualquier ciudad. Su tamaño puede ser variado: desde el antiguo comercio abandonado de menos de 100 m2, hasta una nave comercial del tamaño de un astillero en la que es necesaria la ayuda de mapas para poder salir. Normalmente están regentados por unas personillas obviamente chinas que son más desconfiadas que gatos enmedio de una transitada calle. Suelen ser también familias de chinos que hacen de todo: caja, reponer, atención al cliente... En fin, polivalencia total. Y aparte, venden de todo: desde inocentes juegos infantiles como el muelle que salta escaleras, hasta la última película de Nacho Vidal. ¡Y en ocasiones, estas dos cosas están al lado! O sea, que sería normal ver a un crío con un consolador en mano diciendo: "¡Mami, cómpramelo!" Vamos, un desfase total. Y otra cosa, están PLAGADOS de cámaras de seguridad, ni un solo punto ciego dejan los jodidos... No se fían ni de su madre.
Uno de los bazares en cuestión
El caso es que no me gusta mucho la idea de entrar en uno de estos sitios, sobre todo si es a mirar. Ropa por aquí, por allá, por este lado y por el otro. Personalmente, me parece un agobio. Estos tíos deben ser unos genios del tetris. Seguro que dejan espacios para caminar de pura casualidad. En esto que entras y un chino/china amable te saluda en perfecto español, al tiempo que se gira y habla con uno de sus compañeros en chino. Seguro que dice: "Vigíla a este que no coja nada". Cuando llevas un poco de tiempo allí, los estantes se te vienen abajo y te oprimen, y el calor aumenta. Te sientes en el mismísimo infierno oriental. Y el chino vigilándote a tus espaldas, peor aún que sus millones de cámaras esparcidas por el techo. Te llevas una de las cosas expuestas a la mano, y sientes la mirada de reojo del reponedor como una pesada carga. Ni que fueras un cleptómano compulsivo. Cuando ya has dado 100 vueltas alrededor de sus múltiples estanterías y perchas de ropa, decides que nada merece la pena como para ser comprado, y abandonas el local al mismo tiempo que el amable chino de antes en vez de despedirte amablemente (lo que sería normal), se da la vuelta negándote el saludo como diciendo: "Si no compras nada, te jodes y no te digo adíós", y simultáneamente saluda con una amplia sonrisa en la cara al siguiente cliente a la vez que se vuelve hacia su compañero y le habla en chino, y seguro que le dice: "Vigila a este otro que no coja nada".

FINAL ALTERNATIVO: Si, por la contra, decides comprar algo, te acercas a la caja dinero en mano y el oriental que hay detrás de ella te recibe sonriendo de oreja a oreja. Preguntas cuánto vale y, cuando te lo dice piensas: ¡Realmente hablan con la "L"!, coges la vuelta, la cuentas cerciorándote de que no te ha estafado y le dices adiós. Él esta vez sí que te lo devuelve.

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