21 de diciembre de 2011

Sentimientos frustrados (2)

Su marido le había engañado. Ella lo asesinó. Y a su amante. Y allí estaba ella, en el salón, con la ropa ensangrentada y dos cadáveres en su casa. Mientras limpiaba todo rastro que pudiera encriminarla, pensaba en todo lo que le había movido para matar al hombre de su vida. Un odio instantáneo, de un día para otro. Ella sabía que su matrimonio no era el mejor del mundo, y que no estaba pasando por momentos felices. Pero nunca se le pasaría por la cabeza que ese hombre le estaba engañando. Ni siquiera le pidió explicaciones al día siguiente. Ella, implacable como el acero, incrustó el cuchillo en las partes bajas de su marido y rebanó todo. Le dejó desangrándose. No había remordimientos en su conciencia. Se sentía liberada. En cuanto al cadáver de la mujer con la que este le engañaba, se sentía un poco mal porque en parte, ella también había sido engañada. Pero ninguna culpa caía sobre ella. Había hecho el bien.
El día después de cometer el doble asesinato, salió de su casa como si nada. "Comienza una nueva vida". Con toda la tranquilidad del mundo, llamó un taxi y se subió a él. Oyó las sirenas de la policía acercarse a su calle. "Justo a tiempo" 
Se alojó en un hotel cercano. Seguía sin sentir culpa alguna sobre lo que había hecho. Y eso le parecía raro. Siempre había sido una chica sencilla, con una gran inteligencia emocional y sensible. Un acto de tal brutalidad como aquel, le debería estar causando graves problemas mentales. Nunca había soportado los actos violentos. Sin embargo, ella misma había cometido no hace mucho 2 terribles homicidios. Una extraña paradoja.
Algo más tarde, se dispuso a rehacer su vida. Buscó el hombre perfecto. Un chico sensible, sincero y atractivo. Pero pronto se dio cuenta de que sólo existía en su pasado. El hombre que una vez finjió ser sensible, sincero y atractivo fue suyo, y ella lo mató. Ahora lo echaba de menos. Pero no se arrepentía de haberlo asesinado. Su mente estaba dividida. Pero en el medio de su paradoja mental, apareció él. Un adonis que, nada más verla, se fascinó y decidió acercársele. Al instante conectaron. Olvidó inmediatamente sus problemas y se centró en su nueva relación.
Coincidían en todo. Cuando hablaron sobre el matrimonio, decidieron no casarse hasta conocerse del todo. Ahora su vida era perfecta. Volvía a la rutina. Pero esta vez su nuevo pretendiente no la engañaba. Fuera mentiras. Sentía que ya nada podía ir mejor. Pero su desconfianza iba en aumento. Cada vez, aquel galán que había conquistado, volvía más y más tarde. Contrató un detective y confirmó sus sospechas. La engañaba. Entonces, pensó: Todos son iguales. Nadie es completamente sincero. ¿Por qué? Y entonces recordó: había cometido un doble asesinato. Ahora no sentía odio por su nueva relación. ¿Por qué antes sí? Y los recuerdos le vinieron a la cabeza. Y al fin la sintió. La culpa a sus espaldas. Pesaba demasiado. Cuando el atractivo hombre llegó a casa, se encontró un panorama desolador: el cadáver de su novia se hallaba en el centro del salón, suspendido de una gruesa cuerda. Y una nota a sus pies: Gracias por abrirme los ojos.

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