27 de diciembre de 2011

Llamadas incriminatorias

Y allí estaba él, postrado junto al cadáver que él mísmo acababa de asesinar. No sabía cómo, pero había reunido suficiente odio para poder hacerlo. Él era una buena persona, incapaz de matar una mosca, amable con todos, generoso y bonachón. Pero ese hombre le había hecho la vida imposible desde hace varios días. Se metía con él, lo humillaba delante de todos los compañeros de trabajo e incluso intentaba acostarse con su mujer. Cuando su furia alcanzó su máximo estado, lo llevó a la azotea del edificio de su oficina y le atizó con una viga de metal. Murió al instante.
Cuando se repuso del shock, tiró el cadáver por la barandilla y este se precipitó enseguida hacia la acera. Cayó con un golpe seco. Un gran charco de sangre se formó en torno al inerte cuerpo.
El frío asesino, calculador, borró el historial de llamadas de su móvil por si la policía decidía investigar el suceso, puesto que no tenía coartada.
El suceso se quedó en nada, solamente un suicidio por causas desconocidas, y las autoridades archivaron enseguida el caso. El asesino durmió tranquilo aquella noche.
Al día siguiente, todo era tranquilidad en la oficina. No más humillaciones, no más odio acumulado. Sólo compañerismo y buen rollo.
Pero esa misma noche, el sonido centelleante del móvil le despertó. Una voz fría y susurrante estaba al otro lado de la línea:
-Sé lo que has hecho. Todo saldrá a la luz. No pienses que esto quedará impune.
El hombre se estremeció y colgó enseguida. No quería saber más del asunto. Preguntó en la oficina quién le había gastado la bromita pero nadie habló. Lo tomó como una simple tomadura de pelo. Igual ni siquiera la persona que le llamó sabía lo acontecido días atrás en aquella terraza.
Pero esa noche, el teléfono volvió a sonar. La persona que le llamaba volvió a repetir:
-Sé lo que has hecho. Todo saldrá a la luz. No pienses que esto quedará impune.
Muerto de miedo, colgó el teléfono. No durmió en toda la noche. Y así durante unos días. Su insomnio sólo lo perpetraban las llamadas que una noche tras otra una misteriosa persona le hacía, diciendo lo mismo una y otra vez. Y eso lo inquietaba. No podía quedarse callado. Pero su vida continuaría atormentada si se callaba. Su mujer le aconsejó que no dijera nada, que así era mejor. De todas formas, el difunto era una mala persona.
Pero su buena conciencia no le dejaba dormir. Decidió entregarse. Así y todo, confesando el crimen tendría menos condena que si esa misteriosa persona lo delataba. El hombre se armó de valor y confesó todo al comisario. Y las llamadas cesaron. Sólo quedaban en su móvil registradas como "Número desconocido".
Tras el juicio, le cayeron 10 años de cárcel. Justo antes de su ingreso en prisión, comprobó el móvil para ver si tenía alguna llamada. Pero vio algo que le sorprendió. No había ni una sola llamada de el número desconocido.
Durmió profundamente durante sus 10 años encarcelado.

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